Mirar María José Carmona

Recuperar el 'do' de pecho

Se contagió en una ópera a principios de marzo. O al menos eso cree. A partir de ahí se precipitaron los 58 días en el hospital: 28 en la UCI, 11 intubado. Hoy el cantante Luis Pacetti busca retomar esa voz que le arrebató el coronavirus.

¿Ves  eso?, pregunta Luis mientras señala la imagen con cuidado. Y sí, se ve. Se ve claramente. Hay una mancha blanca, como de vapor de agua o como una constelación, una polvareda brillante suspendida en mitad del cosmos. Salvo que no es el cosmos. Es un pulmón, la parte inferior de un pulmón. ¿Lo ves?, insiste Luis mientras sostiene la radiografía. “Debería estar todo oscuro… pero bueno… ahora está mejor que antes. Está bastante limpito”.

Esta la historia de un pulmón que ha pasado de estar blanco como la cal, blanco como las paredes blancas de un hospital, a estar limpito, o casi.

En el momento en que se escriben estas letras, más de un millón de personas en España han contraído la COVID-19 y 150.000 se han recuperado. De ellos un 80%, según las estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, manifestaron síntomas leves –fiebre, tos, agotamiento– y en torno al 14% sufrió síntomas severos –dificultad para respirar, falta de oxígeno en sangre–. Aún no se sabe por qué unos pacientes acaban en un grupo y no en el otro. Se piensa que la edad predispone. Lo cierto es que a Luis Pacetti, de 51 años, le tocó caer en el grupo número dos.

Luis ingresó en la clínica El Ángel de Málaga el 19 de marzo. Tenía los síntomas habituales –la consabida tos, la fiebre– pero ya en los primeros días comenzó a tener problemas para respirar, no le llegaba el aire, sentía como si estuviera bajo el agua.

Por dentro, sus pulmones se inflamaban. Es el efecto de lo que los especialistas llaman una “tormenta de citoquinas” y que pasa cuando el propio organismo, para defenderse de un virus, genera una respuesta inmunológica tan exagerada que acaba dañándose a sí mismo, libera unas proteínas inflamatorias que inundan el pulmón, ocupan el espacio que debería ocupar el aire, lo colorean todo de blanco.

A los cinco días de entrar al hospital, Luis tenía un 84% de oxígeno en la sangre –cuando lo normal es entre 95 y 100–. En ese momento le derivaron a la UCI con un principio de neumonía bilateral. Poco antes de ingresar mandó un mensaje de Whatsapp a todos sus contactos: “No móvil. Me asfixio”.

Luis Pacetti estuvo 58 días ingresado. 28 los pasó dentro de la UCI. 11 intubado y conectado a un ventilador. Esta la historia de un renacido, como él mismo ha dicho en broma alguna vez, no le gusta darse demasiada importancia y eso que las enfermeras se encargaron de decírselo bien clarito. “Has estado jugando a las cartas con San Pedro –le recordaban– y le has ganado de milagro”.

Once días de oscuridad.

Obtuvo la titulación superior de música con las mejores calificaciones en la especialidad de canto. Con 25 años debutó en el Teatro Cervantes de Málaga como tenor profesional. Ha trabajado como solista en más de 20 títulos de ópera e interpretado más de 40 papeles de zarzuela. “Soy cantante”, le advirtió al jefe de la UCI. “Tengan cuidado con mis cuerdas vocales”, pidió justo antes de que le introdujeran una sonda de 9 milímetros de diámetro a través de la garganta.

Durante los once días siguientes, Luis estuvo en coma inducido. Una máquina respiraba por él mientras su cuerpo permanecía ausente y tumbado boca abajo. Cada dos horas, las enfermeras le movían la cara y los brazos para que la postura no le ulcerase la piel. Aun así, como explica la doctora Virginia Fraile de la Sociedad Española de Medicina Intensiva, “puede producirse una compresión de los nervios o cierta atrofia. Más de la mitad de los pacientes que han estado en UCI boca abajo y durante tiempo prolongado tienen este problema”.

La sedación, los relajantes, la inmovilidad también debilita la masa muscular. En solo diez días se puede perder hasta el 20% de algunos músculos. Por eso es normal que tras el momento del destete –cuando se le retira la ventilación mecánica–, el paciente no sea capaz de comer o andar.

Luis Pacetti ya tenía programada la cita para una traqueotomía cuando despertó –“le has ganado de milagro”, dijeron las enfermeras- y ahí empezó lo duro. Aislado en la UCI, confuso y con el cuerpo incapaz, tuvo que empezar su rehabilitación mientras le atosigaban los delirios, pesadillas terribles, los síntomas del Síndrome Post-UCI que sufre uno de cada tres pacientes.

“La sintomatología es parecida al estrés postraumático: pensamientos intrusivos, pequeñas alucinaciones, desorientación. En pacientes COVID es más complicado porque habitualmente en UCI se suele tener acompañamiento familiar y ellos no lo han tenido”, cuenta Jesús Linares, psicólogo de emergencias.

Recién destetado y con la ansiedad de una rata en un laboratorio, la primera vez que Luis habló con su mujer le dijo: “Lourdes, sácame de aquí que esta gente me quiere matar”.

Lourdes Martín –también cantante de ópera, soprano– fue una pieza clave para que Luis empezara a recuperarse. Ella pasó la COVID a la vez que su marido, pero lo hizo confinada en casa. Todavía con fiebre, hablaba con él dos veces al día. “La angustia ya ha pasado, estate tranquilo. Repite como un mantra: tengo fuerza”, le decía.

Luis salió de la UCI el 19 de abril y ya en planta comenzó a caminar, unos treinta pasos alrededor de la cama. 45 días después de ingresar en el hospital, Luis consiguió ir al baño. 50 días después, pudo ducharse con ayuda y al sentir el agua caliente sobre los hombros lloró.

La disciplina del músico.

Quizá durante un instante, muy breve, Lourdes y Luis llegaron a pensar que ya estaba. Que, tal y como salía en los telediarios, la enfermedad se acababa como se acaban los espectáculos, con los aplausos en la puerta de un hospital. Hoy saben que no, para nada.

Según la OMS, un paciente de COVID-19 con síntomas leves tarda unas dos semanas en recuperarse. Para los otros, para el grupo número dos, el viaje es mucho más lento y complicado. Hablamos de meses. Puede que hasta doce meses.

Luis Pacetti abandonó el hospital el 15 de mayo. En su salón, la fecha está escrita al pie de una rosa eterna que le regalaron las enfermeras. Seis meses después, continúa en rehabilitación y en sus radiografías, aunque más limpitos, sus pulmones siguen manchados de constelaciones blancas.

“La secuela principal en los pacientes graves es una enfermedad pulmonar persistente”, señala el doctor Germán Peces Barba, vicepresidente de la Sociedad Española de Neumología. “La neumonía tarda tiempo en ir desapareciendo, los pulmones permanecen parcialmente inundados. Afortunadamente, hemos visto que en la gran mayoría de los casos se va resolviendo”, asegura.

Los ejercicios respiratorios y musculares son básicos para la recuperación y en ellos ha concentrado el maestro Pacetti su férrea disciplina de músico. “Me levanto a las seis, me tomo el café y a las siete menos cuarto estoy subido a la bicicleta estática. Hago quince minutos y después una media hora de ejercicios de hombro y piernas. Luego salgo media hora a caminar. Al volver, despierto a Lourdes, la llevo a trabajar y me voy a rehabilitación”.

Es en esa clínica de rehabilitación donde las fisioterapeutas le ayudan a movilizar y activar tanto los músculos que intervienen en su respiración –el diafragma, los músculos intercostales–, como los nervios atrofiados a raíz de la postura en UCI. En su caso, el nervio espinal que atraviesa su hombro izquierdo y que ha perdido hasta un 85% de su actividad.

Cuando llegó a casa Luis no era capaz de dar una vuelta a la manzana sin ahogarse. Ahora camina de 8 a 10 kilómetros. La rehabilitación funciona. “Al principio los avances eran muy rápidos, día a día, y eso te da ánimo para seguir pero, conforme vas alcanzando metas, tienes que ir viendo los avances de semana en semana. Ahora puedo elevar el brazo izquierdo un centímetro o dos más que antes, pero son logros mucho menores”.

Por lo demás, su vida es “bastante normal”. Conduce, cocina, camina… pero tiene excepciones. Luis toma unos siete medicamentos diarios –vitaminas, corticoides, expectorantes– y no trabaja. Quizás lo haría si trabajara en una oficina, si fuera contable o vendedor de seguros, pero es cantante. Y el coronavirus hace con los cantantes, lo que la artritis al atleta. Les frustra igual.

Desfiatado.

En el lenguaje de la lírica, se llama fiato a la capacidad de un artista para dosificar el aire mientras canta. Tener un buen fiato quiere decir ser capaz de hacer largas frases de una sentada. “Fiato” en italiano significa literalmente eso: “aliento”.

Luis sabía administrar su aliento como nadie. Él daba clase de canto en la Escuela de Arte Dramático de Málaga, enseñaba a sus alumnos a respirar, hasta que llegó la COVID-19, se le inflamaron los pulmones y le tuvieron que introducir una sonda por la garganta. Aun así, tuvo suerte. El tubo no dañó las cuerdas vocales.

Hoy Luis Pacetti no es el mismo, está desfiatado. “He retrocedido en la capacidad de mi órgano. Es como si antes tuviera un cubo de cinco litros y ahora tengo un cubo de tres. El problema es que cuando llevo 15 minutos cantando me canso y la voz se empieza a quebrar”.

El virus puede dejar secuelas como la fatiga, la ronquera o incluso cierta dificultad para tragar. “En pacientes que hacen un uso profesional de la voz, cualquier alteración, por pequeña que sea, les afecta”, comenta Iván Sánchez, el logopeda de Luis. “Al hacerle un análisis, concluí que tenía una disfonía funcional leve. Sus cuerdas vocales no contactan bien”.

Para recuperarse, el tenor debe dedicar más tiempo a calentar la voz, hacer ejercicios que antes, con su órgano bien engrasado, no necesitaba. “Tenemos que ir dando pasos más cortos”, advierte el logopeda.

Hay pacientes que tras la COVID manifiestan síntomas de depresión, ansiedad, incluso algunos delirios residuales, pero a Luis lo que de verdad le atormenta es la voz. “Es lo que peor llevo. Todo el mundo me dice que voy a volver a estar en las mismas condiciones de antes y esa esperanza me da ganas de luchar, pero hay veces que te vienes abajo. Piensas que no merece la pena tanto esfuerzo. Ir adaptándote a ese aplazamiento continuo duele”.

El uno para el otro.

Pacetti parecía predestinado a la ópera –su apellido es originario de Ancona, lugar de nacimiento del popular tenor italiano Franco Corelli– y en una ópera fue donde se contagió. O eso cree.

Concretamente en el estreno de La Favorita el 4 de marzo de 2020 en el Teatro Cervantes. Sabiendo eso, es fácil imaginar la emoción que debió sentir al volver a pisar ese teatro. Porque sí, volvió. Fue para una interpretación pequeña, una colaboración en un homenaje a los tres tenores, el 8 de septiembre, ante unas doscientas personas. “El momento de volver al Cervantes fue importantísimo, muy emotivo. Canté una obra que he cantado más de 500 veces, una romanza de la zarzuela “La tabernera del puerto”. Salió muy bien, pero tuve miedo”. Y al terminar, al salir del escenario, lloró igual que en aquella ducha. 

Pacetti sabe que ahora mismo es lo mejor que puede dar, que los papeles de solista tendrán que esperar de momento. Mientras tanto, sigue practicando en casa. A veces Lourdes le acompaña y cuando hay que llegar a las notas altas, las más exigentes, ella aprieta los dientes y empuja con él, como si fueran una sola garganta.

Siempre ha sido así. Mientras Luis estuvo ingresado, Lourdes empujó todo el tiempo, aunque ella misma estuviera enferma. “A raíz del COVID, se me ha quedado una bronquitis asmática. Ahora tengo que usar inhalador”, confiesa, “pero es que nosotros vivimos el uno para el otro”.

Luis quiere a Lourdes como quiere a su pulmón manchado de blanco, a su hombro izquierdo, a su garganta. La quiere como a una parte de sí mismo. “Por eso le he prometido que no se preocupe, que yo me voy a cuidar para que ella no tenga que volver a verse así”. Los dos tienen miedo a reinfectarse, saben que la inmunidad dura muy poco. Por eso, les llevan los demonios cuando ven una nariz asomando por una mascarilla. “Más molesto es llevar un tubo de UCI”, recuerda el hombre que estuvo a una sola carta de acabar mal la partida.

Cualquiera podría pensar que después de eso todo cambia, las prioridades, los buenos propósitos. Luego, como dice Pacetti, no es para tanto. La rutina se va filtrando, uno vuelve a ser el mismo. Lo que sí reconoce es haberse vuelto un poco más espiritual. No sabe porqué, quizá para encontrar un sentido a todo esto.

Curiosamente, a su alrededor la vida se empeña en mandarle mensajes. Solo así se explica que enfrente de su casa, justo delante del salón, esté la sede del Teléfono de la Esperanza o que sobre el piano, el mismo donde canta a diario, haya una foto muy particular de ellos dos. Están representando “La Traviata” bellísimos, entregados. “¿Sabes qué frase estábamos cantando justo en ese momento?” –pregunta Lourdes, con una sonrisa ladina– “La tua salute rifiorirà. Tu salud florecerá”.

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